lunes, 19 de septiembre de 2011

Quizá sólo fue alegría.

Un hombre esperando algo a la orilla del Sena, 2005.


Los escritores, los que me gustan, siempre aran a su manera, ves las huellas del tractor a medida que te metes en sus tierras. Las nuevas perspectivas de Cortázar, la oscuridad de Poe, el colorido de Vian, la melancolía de kafka, la erudición de Yourcenar, la modernidad de Mallo, la lucidez de Dalí, las vísceras de Hamsun o Céline con sus respectivas idas de olla seniles. La poesía de E.E. Cummings, Casariego Córdoba, Leopoldo y su Carnaby street, lo retorcido de Palahniuk, los nuevos y antiguos mundos de Calvino, y tantos otros… Bukowski, ese viejo indecente, me enseñó dos cosas casi imposibles de alcanzar y que él consiguió, o eso parece: Hacer únicamente lo que uno desea hasta sus últimas consecuencias y escribir sólo lo que uno tiene dentro.

Yo no soy tan valiente, me limito a escribir historias que veo caídas en el suelo y sólo las recojo porque es mi suelo.

Visité un centro de equitación con mi padre. Uno de esos en que los jinetes y amazonas saltan obstáculos, galopan y hablan entre ellos de las características de sus caballos. Había un bar en lo alto dónde se podía divisar la pista perfectamente. Tomamos algo. Los jinetes hacían sus ejercicios, luego dejaban descansar al caballo y se refrescaban un poco. La mayoría eran chicas. Mi padre hablaba con mi tío sobre las ventajas de la sangre árabe, inglesa o centroeuropea, hacía una temperatura idónea, y la noche obligaba a encender los focos. A mi las técnicas y el lenguaje de la hípica no me interesan, aunque los caballos me parecen los animales más compensados, más estilizados y elegantes. Simplemente me limitaba a observar aquella pista en movimiento, ahí abajo, en el reino del equilibrio.

Tras beberme una cerveza, y al igual que hay gente a la que se le aparece un extraterrestre, la virgen o un pariente muerto, a mi se me apareció la felicidad. No tenía una forma recortada ni abombada, simplemente era un estímulo, un ligero aire que me movía el pelo y me soplaba la nuca, quizá un ligerísimo olor a almendra.

Posiblemente fue el fruto de una ecuación bien resuelta, con una serie de variables difíciles de conseguir: Dinero, despreocupación, juventud, elegancia, buena temperatura, chicas, aire libre y el disfrute de un hobby. No estoy diciendo que fuera feliz en ese momento, sino que la felicidad fui yo, me vino como la ola que te congela la barriga en la playa, sin hacer nada por hacer algo, pasé a ser esa ola. Lo diferencié de la alegría ya que ésta ya la he experimentado antes y no era igual, juraría que no era igual. Estoy seguro de que si vuelvo mañana ya no estará ahí, seguramente se habrá movido,

habrá partido a esperarme en una plaza de Venecia,

en algún tren asiático

o a los bordes del Sena.

Quién sabe?

yo no lo sé

ni nadie lo sabe.

1 comentario:

Josep Fábrega Agea dijo...

Si se pertenece a la clase media-alta las probabilidades de ser feliz se multiplican por 100.000.

Dicho esto, voy a decir lo contrario: una de las mayores fuentes de felicidad radica en ajustar nuestras expectativas a nuestras posibilidades.

Aveces creo que yo naci para niño pijo inteligente y sensible, lo creí muchos años. Estaba convencido de que no era feliz por haber nacido en un barrio obrero del Baix Llobregat sin apenas oportunidades de nada.

Por azares de la vida, me tocó convivir un par de años con individuos de la alta pijería de Barcelona y ... aproximadamente un 33 %no eran felices. Yo me volvía loco, pero como puede ser, lo han tenido todo!!!

Claro que cuando volvía a mis barrios el 66 % no era en absoluto feliz. Así que vuelvo a mi primer argumento.