domingo, 11 de septiembre de 2011

Como un invitado más.

Playa de Famara, Lanzarote 2006.



Había llegado tarde a la ceremonia, a veces cuando no me apetece ir a algún lado, estiro al máximo para ver si las circunstancias se ensamblan a mi favor en forma de diluvio, incendio, rotura de coche o invasión extraterrestre. Nunca funciona.


Me senté en el último banco, los protagonistas quedaban lejos y diminutos. Los ahí congregados formábamos una temática tan uniforme, que si se alzara a uno se alzarían todos, como una masa compacta. Observé al público, mucha gente mayor, familiares de plomo que se agarran a estos rituales como el velcro.

Un hombre con barba estaba de pie, justo debajo de uno de los altavoces, haciendo unos juegos de prestidigitación en el aire. No parecía ser ningún rezo de diseño, ni que hablara con nadie mediante el lenguaje de signos.

El casamiento avanzaba lento pero seguro. Los ventiladores negaban con sus cabezas impotentes ante el sofoco. Me puse a buscar caras conocidas, no di con nadie, toda esa gente podrían ser extras de un serial, y yo el único invitado real, sí podría ser, que por muchas casualidades comprimidas en ese día de ese año, todo el mundo hubiera fallado y hubieran tenido que inventarse ese parche.


Empezó el turno de los “speakers”, esa gente que sube y lee un pasaje de la Biblia donde Cristo hace de las suyas. Algunos también traen escritos de casa, frases de cosecha propia que chapotean en lugares comunes, en tópicos manidos y agotadísimos.


¡Y por último!, dijo el cura, ¡Subirá a hablar el hombre de la barba! o eso me pareció oír. Fruncí el ceño y miré en dirección al altavoz algo confundido, debajo no había nadie. La persona que buscaba estaba subiendo al atril. Se sacó un papel del bolsillo y comenzó a Leer:


¿Por qué no hacer footing en camisa?

¿Por qué no venden Jamón York en polvo?

Me gustan las fresas y las playas atlánticas

los días de resaca.


¿Por qué no mojar la gravedad?

¿Por qué no fabricar un iglú de azúcar?

Me gusta oir al ladrón diario

arrastrar su ventana.


David y Silvia os deseo un feliz matrimonio.


La gente se quedó en silencio, el cura se levantó y siguió hablando de nuevo. Nadie cuchicheó nada, sin rastro de extrañeza en el aire. Miré en dirección al altavoz, ahí estaba de nuevo el hombre de la barba, observando la ceremonia, como un invitado más.

1 comentario:

Josep Fábrega Agea dijo...

Las bodas y los bolsos de las mujeres están llenos de misterios insondables.