martes, 26 de mayo de 2009

El Jarrón sin suerte

Acto primero

Escena 1:


El jarrón sale a escena.

Descanso

Escena 2:


El jardinero elude responder a un papiloma vestido de frac (metáfora de la confusión actual en el ámbito litúrgico)

Acto segundo


Escena primera:

La reina vestida de rey come con el rey vestido de rey.


Acto tercero


Escena primera:

La música, en (in-crescendo), sirve de prótesis para el despliegue escénico de carruajes de salchichón y doncellas caramelizadas.


Acto cuarto


Escena primera:

Acto quinto


Escena primera:

A la reina se le cae el jarrón mientras lo colocaba en el sitio en que ya estaba colocado, y mata sin querer al desinformado papiloma en frac, la desolación y la tristeza se apodera de todos los personajes, sobretodo del jardinero, que en realidad no lo es. Las carrozas y las doncellas salen de escena en silencio y mirando al público.


Escena segunda:

El pueblo entero se viste de fichas de dominó, uno por uno, en señal de luto, durante tres días.

Escena tercera:


El escenario se limpia de personajes y decorados, mientras el caos se apodera de la trama, con la aparición de la hermana de René Descartes, poniéndose y quitándose unas botas indefinidamente, hasta que el público aguante sentado, despierto o con vida.


Fin

domingo, 24 de mayo de 2009

Amigos


¡Vamos, qué te pasa!, le dijo el amigo pasándole el brazo por el cuello, te veo triste. Es que no quiero ser yo, le dijo el amigo, no me gusta mi trabajo, no me gusta mi cara, no me gusta mi forma de ser. El amigo salió al balcón y le dijo: ¡sal aquí hostias!. Mira ese matrimonio que pasea con el bebé, cada noche tienen que hacer turnos para levantarse y darle el biberón, explicarse qué le pasa a la criatura porque no deja de llorar, ir al pediatra, estar preocupados porque tenga una niñez feliz, una adolescencia ejemplar y un futuro esperanzador, ¿quieres eso tú?. No, dijo el amigo.

Mira ese gordo que pasa por ahí, el pobre sabe que es gordo pero no puede hacer nada para evitarlo, es genético, es genéticamente glotón e infeliz, porque ahoga sus penas comiendo pollo, cerdo y pasta, cordero, bollos, queso, jamón y bebiendo litros de leche y zumo de arándonos, deglutiendo sin masticar pasteles, natillas y flanes, temiendo el pronóstico clínico que le dictan cada revisión trimestral en el hospital público, ¿quieres eso?. No, volvió a responder.

Mira a esa parejita joven, vestidos con ropa de marca, mira como se mueven despreciando el entorno, malgastando el dinero en cosas superficiales como la fiesta de cumpleaños de su mejor amiga, que no sabe que la engañó con su novio hace un año. Mira como se ríen de la gente sin reírse, mira los pocos libros que han leído en su vida, el poco interés que tienen por nada, sólo por gastar dinero, y para qué leches sirve el dinero si no tienes ilusiones. ¿Quieres eso?. No, respondió el amigo triste, pero parecen felices, se tienen el uno al otro. Y ese es un gran fallo, replicó el amigo carismático, porque en realidad no se tienen, sólo tienen el tiempo del otro pero nada más, en tres meses, mientras vean un reality show en la tele, o cenen en un restaurante sin decirse nada, o estén de viaje por Creta sin saber qué diantres hacer en Creta, se darán cuenta que lo que quieren es pasar página pero no podrán porque el libro ya se habrá terminado.

Mira esos abueletes con glamour, con una presencia imponente entre los árboles, él de negro y ella de marrón tan a conjunto, pero sólo les queda un tercio de vida, quizá menos. Parecen enamorados, o a lo mejor simplemente están cansados de no estarlo y se aguantan lo mejor que pueden. Quizá quién sabe, uno tiene una pasión celestial por componer canciones, y ella por podar las plantas de su jardín, pero y qué, les quedan quince o veinte años como mucho y después dejarán de existir y nunca más volverán a verse, ni a hablarse, ni a tocarse. ¿Quieres eso tú, teniendo cincuenta o sesenta años por delante para hacer cosas? Por favor, no claro que no lo quieres, sin que pueda responder el amigo que habla poco.

Mira ese hombre haciendo footing, su novia o mujer o amante está preguntándose ahora mismo si no será otro hombre el que necesitarán, si no habrá algún hombre que piense más en ella que en su trabajo, o en sus actos sociales. Estoy seguro que este hombre necesita ir a dos o tres fiestas a la semana, dejarse ver, flirtear con chicas guapas que no sirven sino para ser guapas, hablar de cosas como el comercio en Asia, los accesorios de su BMW, o la final de Champions league, ¿quieres ser así tú?. Hombre no estaría mal tener una mujer esperándome balbuceó el amigo B, mientras el amigo A cierra los ojos y suspirando dice: tienes mujeres esperándote por todos lados tío, joder parece mentira.

El amigo seguro de sí mismo se gira y le dice al colega, todo esto que te estoy contando no es más que ahondar en la herida estereotipada de los personajes que hemos visto, gente que no conozco de nada pero que puedo asegurar al 100% que no me equivoco, y si me equivoco es a mejor.

Cogiendo el abrigo del perchero: eres quien quieres ser, sólo te faltan un par de cojones para creértelo, y eso no te lo puede dar nadie. Sale y cierra la puerta.
El amigo con crisis existencial, sale al balcón y ve al amigo dominante que se gira, le hace una seña con la mano como de disparar con una pistola. El amigo presente le hace una señal desganada con el brazo, mientras piensa: ¡Dios mío!, ése seguro que no quiero ser.

viernes, 22 de mayo de 2009

Ramón White

Ramón White siempre contaba la anécdota aquella en la que una tarde, un repentino antojo de aceitunas le obligó a bajar al supermercado. Cruzó la puerta y estaba aquello repleto de gente, pero con la excusa de que sólo iba a comprar un bote de aceitunas pensó que le dejarían pasar en la cola. Llegó al pasillo adecuado, no supo si coger las rellenas de anchoas o las que tienen hueso, durante un tiempo de duda cogió las dos. Caminando decidido hacia la salida, no pudo esquivar el pasillo del embutido y el queso, pasó lo más rápido que pudo, pero el olor accionó las glándulas salivares, como cuando se aprieta el tubo de pasta de dientes, y la saliva esclavizó el cerebelo de Ramón, agachándose éste a por una bandeja de jamón serrano, una pieza de lomo, y medio queso manchego. Tenía las dos manos ocupadas, pensó que sería el obstáculo adecuado para no tener que comprar nada más, así hacerse la víctima y poder avanzar en la cola.
Miró todo lo que llevaba, sin decir ni una palabra intentó defenderse de la relación causa-efecto, si se come salado se tendrá luego sed, pero no lo logró, ayudándose de una cesta abandonada en uno de los pasillos, asió un pack de seis cervezas y un litro de agua. Sabiéndose ya perdido, Ramón compró fruta, pasta, carne y huevos, viéndose abocado al tedioso proceso de hacer cola.

Cuenta que una vez se colocó en la única caja que había funcionando, había una cola formada por unas cuarenta personas. Echó una ojeada y cuál fue su sorpresa al ver que todo el mundo llevaba únicamente un bote de aceitunas. No se lo podía creer, uno le decía al otro: ¿Me deja pasar, sólo llevo unas aceitunas?, y el siguiente le decía: yo también llevo sólo unas aceitunas. Así que nadie pasaba a nadie, pero la cola no avanzaba. Ramón decidió acercarse y vio que el cliente al que le tocaba turno llevaba una cesta que juraría era una alcantarilla, bajaba cogía un producto, subía lo colocaba en la cinta y la cajera lo anotaba, volvía a bajar y a subir, y así llevaba veinte minutos, mientras la demás gente de la cola seguía preguntándose de atrás adelante si podían dejar pasar pero el de delante del de delante siempre decía que él también llevaba sólo unas aceitunas. Se había convertido todo ello en un bucle, y Ramón dejó que todo cayera por su propio pie. Cayó cuando abrieron la otra caja, se cambió rápidamente, colocó todo los artículos y le dijo la cajera: Serán 45,60 €, Ramón solamente llevaba 42,90 €, así que tenía que dejar algo, apartó rápidamente los botes de aceitunas, toda la gente lo miró con cara incrédula, mientras el cliente de la cesta-alcantarilla bajaba y subía, bajaba y subía. Pagó y se fue corriendo de ahí. A partir de entonces Ramón White siempre cuenta la misma historia una y otra vez, en bucle, una pieza de videoarte proyectada en un monitor en la Galería Bacon, c/ San Francisco nº 4, de 10:00 a 18:00, hasta el 29 de Junio.

domingo, 3 de mayo de 2009

Vendado


Ser una momia en los tiempos que corren no es fácil, pero tampoco creo que lo sea ser un vagabundo, un buen actor o una sardina, ni siquiera un vagabundo que haga un buen papel de sardina.

Mis padres y yo salimos de El Cairo en la época de las invasiones arqueológicas, ya no estábamos a salvo en las catacumbas de la zona norteafricana, así que con un primer intento frustrado, (fuimos engañados por un alacrán gigante de ojos de rubí, que nos preparó una balsa de papiro, y que se hundió al mojarse nada más posarla sobre las aguas mediterráneas), no nos quedó más remedio que comprar un billete de avión, con todo lo que ello acarrea, imagínense la cara de estupefacción de los pasajeros cuando situábamos en el portabultos diez ovillos de vendas. Ése era todo nuestro equipaje.

La llegada como pueden imaginar tampoco fue nada fácil. Esperábamos unas zonas comunes de entierro mucho más lujosas, ya no digo pirámides pero bueno no sé, algo mejor que esos nichos impersonales, o esas tumbas tan mal oxigenadas. Nos llamó la atención la inexistencia de seres mitológicos.

Nos instalamos en unas minas, que nos servían de catacumbas, ahí vivimos los siguientes veinticinco años. Tuvimos que comprarnos algo de ropa para mezclarnos con la gente.
Paradójicamente, cuanto más vestidos íbamos, más se reían de nosotros. Para ellos sería como disfrazarse de alguien disfrazado.
Mi padre no sabía comerciar en los mercadillos modernos, llamados supermercados, donde el regateo, intercambio o negocios no existían, ni tampoco encontraba hipódromos con dromedarios. Le vuelve loco el mundo del dromedario.
Mi madre estaba totalmente desubicada, y yo siempre que iba al colegio recibía bofetadas. En fin se nos hacía muy difícil entrar a formar parte del sistema.
Decidimos pasar veinte de los veinticinco años dentro de nuestros sarcófagos, durmiendo, ya que ni siquiera teníamos pasillos hacia otras vidas. He de decir que yo me despertaba de vez en cuando y salía a dar vueltas, empapándome sin querer de aquel tipo de vida, de la moda, del cine, la televisión, la música...
Al principio me desplazaba en bici, pero las vendas se enganchaban constantemente en la cadena y los radios de las ruedas, más tarde me hice un monopatín, que pasó a ser un patinete con manillar, ya que la posición de ir con los brazos estirados es mucho más natural en mí.


Hicimos un despertamiento oficial, y probamos de nuevo. Cada vez salía más por ahí y les contaba cosas a mis padres, aunque éstos no le prestaban mucha atención, siempre estaban callados en las minas, melancólicos, y me enviaban a estudiar jeroglífico.

Mi padre que ya no era ningún chaval a la edad de cuatro mil trescientos ochenta y cuatro años, decidió volver a casa, viendo que todo aquello no iba con él ni con mamá. Me dejaron una nota a la entrada de la catacumba ( foto: arriba derecha): “Hijo me voy con mamá a casa, como sabemos que a ti esto te gusta, no queremos despedirte porque no podríamos aguantarlo, tu madre se echaría a llorar escarabajos y a mi me impresiona mucho ver sus cuencas oculares así. Te queremos con locura y si algún día decides volver a casa, ahí te esperaremos". Creo que eso decía el jeroglífico, porque confundo las palmas de la mano de los hombres perro, no sé si hacia arriba significa locura o desgana.

Inmediatamente decidí mudarme de residencia. Las minas no estaban mal, pero me quedaban muy lejos del centro, y siempre tenía que estar sacudiéndome las vendas al salir a la superficie. No tardé en encontrar un emplazamiento bucólico en el que instalarme. Era un centro deportivo abandonado, con una gran piscina vacía, pista de fútbol sala y de baloncesto, gimnasio, zonas de duchas, y lo mejor de todo era que en una sala del recinto, donde se practicaban masajes y saunas, se hallaba en muy buen estado una máquina de rayos uva en forma de sandwichera humana, que me servía como perfecto sarcófago postmoderno. Seguramente no es lo que mis padres quisieron para mí, pero no pude encontrar nada mejor.
Además la sala se encuentra a dos pisos bajo el suelo, por lo que la oscuridad y el silencio daban sensación de catacumba urbana.

A veces conocer a gente interesante era difícil, no digamos ya si uno se vuelve un poco exigente y encima es una momia, como es mi caso, entonces el hecho de relacionarse se vuelve asaz abstruso, y de novias no hablaré mucho porque no hay mucho de qué hablar. Una vez salí con una chica, que todavía hoy me preguntó como fui capaz de gustarle, quizá por el hecho de ser un poco diferente, le picaría la curiosidad. No diré su nombre por respeto. Al principio lo pasamos bien, me preguntaba sobre el antiguo Egipto, reíamos juntos, le enseñaba a escribir en jeroglífico, decoramos juntos la catacumba, a veces se quedaba a dormir conmigo en el aparato de rayos uva. Pero al cabo de un año y medio, la cosa dejó de funcionar, la relación había perdido mucha chispa. Intenté durante un tiempo ser su amigo, pero yo no podía soportarlo y dejamos de vernos. Me afectó muchísimo y eso que hace siglos que dejé de tener corazón.

El dinero me seguía llegando junto con las cartas de mis padres, me contaban lo bien que estaban, a pesar de los primeros achaques tanto de mi padre, se ve que la tendinitis le molestaba mucho, como de mi madre que tenía enfermos a los escarabajos internos. Pero nada muy serio.

Por aquel entonces, aun con el escozor de sentirse algo solo, yo era feliz sin ser consciente de ello. Me dí cuenta más adelante, cuando pasó lo que nunca debió pasar.