sábado, 29 de noviembre de 2008

Civilizaciones antiguas


El ronquido fue un experimento puesto en práctica por los tártaros, para asegurar que en los largos turnos de las parejas centinelas uno pudiera quedarse dormido, emitiendo un sonido desagradable, y así mantener despierto al otro centinela. Con una poción a base de especias y aromas todavía desconocidos (recientes estudios apuntan a la cresta de gallo como principal condimento) se potenciaba el sonido y así la seguridad del ejército. Todavía hoy en día, la mayoría de hombres mantienen esta práctica heredada genéticamente por aquella civilización.

J.P.Castrol




Se ofrece psicólogo de muebles y electrodomésticos

Si su water carga sin ánimo el agua o el congelador se deshiela, no dude en llamar al reputado doctor J.P.Castrol, él se encarga de devolver la armonía a cada uno de “esos otros “ habitantes de nuestras casas.

Perfecto

¿Qué no es perfecto?, a mi todo me lo parece. Una cuchara es perfectamente una cuchara, y sirve perfectamente para lo que sirve según su perfecta estructura de cuchara, o un gato, qué sino es más perfecto para ser un gato que un gato. Aunque el arte, sí el arte: pintura, música, literatura, cine, escultura, incluso las denominadas artes menores, fotografía, cómic… quizás es lo menos perfecto. Tendemos a juzgarlo tomando como base la realidad, lo tangible, lo sensorial, en definitiva: lo perfecto. Pero en cambio son obras no creadas para un uso práctico, sino simplemente creadas para pensar, para flotar, para extrañar o impactar, y eso es difícilmente mesurable. ¿Qué no es perfecto?, todo es perfecto, incluso lo imperfecto es perfectamente imperfecto. Posiblemente el lector no entienda perfectamente lo que quiero explicar aquí, pero esta reflexión es perfecta, esta frase, esta palabra, este punto.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Diez


DIEZ

Las instrucciones eran muy claras, nos encontraríamos en las escaleras de la plaza, yo en la parte de abajo y él en la parte de arriba, subiría hasta el décimo escalón, dejaría la bolsa y volvería a bajar. Una vez abajo, él bajaría hasta dónde yo hubiera dejado la bolsa y la canjearía por la suya, para volver a subir, y cada uno se iría por dónde había venido.
Eran las 17:25, la hora indicada, yo ya me encontraba en el lugar pactado. Él llegó dos minutos después. Lo miré con desconfianza, temeroso de alguna trampa picaresca. Me sequé la frente con un pañuelo gris, así la bolsa, que pesaba más de lo que pesaba, y remonté uno a uno los escalones: un, dos, tres, cuatro, cinco…, me paré oteé hacia el norte para asegurarme de que todo iba bien, seguí subiendo, seis, siete, ocho, nueve, ¡once!…, miré abajo, volví a mirar dónde estaba…, ¿me había despistado y había escalado uno de más?, miré hacia arriba, él ni se inmutaba. Al principio consideré oportuno volver a bajar y subir de nuevo, para asegurarme de que estaba en el escalón diez. Pero sabía que con aquel hombre se tenía que andar con mucho cuidado, quizá interpretaba que si bajaba sin dejar la bolsa el trato se había roto. Sudaba de nuevo, conté desde abajo hasta dónde me encontraba para conocer cuantos escalones había ascendido, volvía a contar once sin encontrar el diez, como si “diez” ya no existiera en el lenguaje. Volví a mirar a arriba, mi tratante comenzaba a ponerse nervioso:
_Voy a bajar y volveré a subir, le grité.
Pareció no oírme, miré el reloj, las 17:35:
_ ¿Te va bien que lo deje aquí?, re-grité, insinuando si podía variarse el trato y dejar la bolsa en el escalón once, aquel hombre parecía sordo, y yo parecía tonto. Dejé la bolsa en el mencionado escalón y bajé, creí que sería lo más razonable. Una vez abajo volvía a erguir la cabeza y dirigir mis ojos hacia el cielo, estaba intrigado.
El hombre que iba con gabardina y sombrero pareció ser comprensivo, cosa que me extrañó, y comenzó su descenso. Yo contaba desde abajo por él, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, ¡once!, doce, trece…, pero dónde iba ese hombre, ya debería haberse parado, catorce quince, dieciséis, diecisiete…no, no.
_ ¡Perdone pero se ha pasado varios escalones, re-re-grité!
Prosiguió su camino sin importarle lo más mínimo mi presencia, mi despiste, ni mis indicaciones. Me fijé en su cara cuando me rozó al superar mi posición. Se reía. Aquel hombre daba miedo. Miré enseguida mi bolsa, que ahora era una bolsa vagabunda en el escalón número once, de una escalera dónde no existía el escalón número diez. Me giré para seguir la marcha del hombre con gabardina y sombrero. Cual fue mi sorpresa al constatarme de que los coches no usaban ruedas sino cubitos de hielo, que las monedas de mi bolsillo eran alargadas, y que el sol reflejaba la silueta de un limón. ¿Había ese hombre usado la máquina del tiempo que yo le entregaba si me daba el dinero, y había viajado al pasado, abortando el descubrimiento de la rueda y sus derivados, desde el futuro, riéndose de mi ya que ahora ya no necesitaba otra máquina del tiempo, encontrándose en el tiempo dónde la compró?, ¿Se estaría riendo, otro de mis “yoes”, escondido en alguna esquina, con la intención de contraatacar desde otro momento espacio-tiempo ya que también disponía “yo” de la máquina?. Preguntas demasiado largas para responder antes de que surjan nuevas preguntas, pero una cosa está clara, sin el círculo no hay rueda ni cero, sin el cero no hay diez y sin el diez no hay trato.